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  • Carolina Figueroa

Cuando robaron mi cámara corrí 100km

Nunca había corrido una maratón, la distancia más larga que había corrido eran 21 kms. Sin embargo, cuando vi la publicidad de El Cruce, una carrera de trail running de 100 kilómetros en la Patagonia entre Argentina y Chile sobre la cordillera de los Andes, me antojé. Esta carrera tenía todo lo que quería: montañas, correr, conocer el extremo Sur del continente y una tarea ambiciosa para lidiar con la tusa.


Después de conversar con un amigo que me siguió el hilo, nos inscribimos. Estábamos a 9 meses de la carrera, había tiempo para prepararnos. Nos conseguimos un entrenador, entramos en un equipo con otras personas que se iban a preparar para la carrera y comenzamos a entrenar.


Fueron más o menos 6 meses de entrenamiento continuo, madrugadas diarias a las 4:30 am, fines de semana de sólo corrida entre las montañas Bogotanas. En mi mente sólo había una meta, entrenar para terminar la carrera. Pero cada día de entrenamiento fue único, lo disfruté muchísimo, la compañía y la naturaleza lo hacían todo. No creo que me equivoque en decir que para todos el camino para el #ElCruce fue muy especial. Fue un reto físico sin precedentes, además de una inversión económica importante. Al final del entrenamiento superamos los 1000 kms de corrida, principalmente en montaña.


Corrimos entre frailejones, bosques de pinos y eucaliptos. Desde los más de 3000 metros, Bogotá comenzaba a perder importancia en medio de imponentes montañas. Los Cerros son extraordinarios, albergan ecosistemas únicos como el páramo y aún son un hábitat muy importante para diferentes especies de fauna y flora, a pesar de los 8 millones de habitantes de habitantes de la ciudad. Estar tan arriba de la ciudad sin haber usado un carro, sólo con la energía del cuerpo, es una sensación de mucho poder: poder hacer, poder cambiar, poder moverse, poder descubrir.



Llegó el día de la carrera, estábamos en San Martín de los Andes. Todo en el entrenamiento había sido perfecto, hasta las lesiones habían desaparecido. Pero cuando arrancó el viaje a Buenos Aires desde Bogotá, todo empezó con el pie izquierdo: perdí el avión, me tocó embarcarme en el siguiente pagando una jugosa penalidad. Cuando llegué a Buenos Aires, me habían dejado en Bogotá la maleta con todo el equipo para correr y con mi ropa. Me fui a San Martín de los Andes sólo con mi maleta de mano. La aerolínea me dijo que me la enviarían a San Martín. Estuve dos días con la misma ropa y no pude salir al "afloje" antes de la carrera con el equipo. El día antes de la carrera llegó mi maleta, ¡qué alivio! Ya estaba lista para el gran día.


Pero los eventos desafortunados no pararon: en la cena antes de la carrera me robaron mi cámara de fotografía, los papeles y la camiseta de la carrera. Todo fue muy rápido y en mi mente sólo hay un momento borroso en el que todo ocurrió. Sólo me di cuenta que mi maleta ya no estaba. Esa noche fue un infierno, corrí por las calles buscando mi cámara y no tuve éxito. Finalmente tuve que ir a la policía a poner la denuncia. Me acosté nublada, cansada y triste. Mi cámara era muy importante para mi y para ese viaje. En la madrugada llamaron al hotel, mis papeles aparecieron tirados en algún lugar de San Martín. Pero no había rastro de la cámara.


La carrera arrancó, el primer día fueron 42 kms y creo que los primero 20 kms sólo pensé en mi cámara. También pensé que quizás ya debía cerrar el ciclo de tomar fotos y explorar otras cosas. Entonces acepté la idea de no tener cámara y de no comprar una nueva por lo pronto. Comencé a disfrutar el paisaje: lagos verdes, montañas y corredores de todas las nacionalidades. Bordeamos lagos, nos internamos en bosques, subíamos y bajábamos lomas, pero nada como los Cerros. Correr se convirtió en una meditación, paso a paso, sin pensar en cuanto faltaba.


Segundo día de la carrera. Me dolía desde la punta de los pies hasta la nariz, no había dormido mucho en la carpa. Cuando el cuerpo está tan cansado y con tanta adrenalina es muy difícil descansar. No importaba, tenía que seguir, ese día nos esperaban 30 kms. Arrancamos bordeando un lago, corrimos en el agua por varios kms y luego atravesamos planicies enormes, sin sombras. El terreno era sobretodo plano y para mi mente mas difícil porque al ver un horizonte infinito se siente que no se avanza. En cambio cuando se corre entre la montaña no se sabe qué viene. Una carrera muy diferente al día anterior, pero a pesar del cansancio, la mente estaba más adaptada y eso me permitió darle y darle, sin parar.


Último día de carrera. Finalmente la montaña. Estaba un poco más descansada, había dormido mucho mejor y la historia de la cámara ya estaba 70 kms atrás. En cada uno de los 70 kms y en los más de 1000 kms que habíamos andado en el entrenamiento, algo había dejado en el camino, algún peso innecesario se había quedado acompañando a los frailejones, se había disuelto bajo la lluvia o lo había secado el sol. El último día de la carrera estaba más libre, ligera aunque el cuerpo doliera. Ese día marcaba el comienzo del fin de un ciclo en el que me había concentrado mucho y había entregado todo por una causa, mi causa. Ese día corrí ligera, subí montañas como si nada y las bajé como animal de monte, a una velocidad que mi cuerpo nunca había conocido. Sentí una fuerza indescriptible, quizás sabiendo que ya podía entregarlo todo porque el siguiente día iba a descansar.


Una amiga me había reglado el mantra de Durga, una Diosa del Hinduismo que puede sanar en situaciones de gran abatimiento, su nombre significa "la invencible". Durga me acompañó todo el camino y en muchos momentos mi mente sólo cantaba su mantra.


Con lágrimas en los ojos, vi que la meta estaba cerca, aceleré el paso y casi se me sale el corazón de la felicidad y del esfuerzo. No lo podía creer. Había terminado más fuerte que nunca, aunque con el talón un poco lastimado.

El día en que regresé de la carrera me estaban buscando en el pueblo. Me habían dejado mensajes en el celular. La policía había capturado a los delincuentes que habían robado mi cámara. ¡La obtuve de vuelta! Gracias a las descripciones que dejé cuando hice la denuncia, identificaron que eran mis pertenencias. Los maleantes estaban en Bariloche, los vieron robando en unas cámaras de la estación de buses.


Después de 4 años, aún pienso que esta historia es increíble y extraordinaria. Estaba en deuda de escribirla.


Siempre estaré muy agradecida de cada momento que viví camino a #ElCruce.




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