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  • Carolina Figueroa

De Canadá a mi jardín

Actualizado: ene 3

#NaturalezaUrbana, #Bogota, #AvesMigratorias


Barriendo el polvo y las hojas secas de mi jardín en Bogotá, me transporté a Canadá y regresé exhausta. Esta no es la historia de un viaje sicodélico, es la historia de una barrida poco común



Esta semana estaba barriendo mi terraza en Bogotá, tengo la fortuna de vivir en un apartamento pequeño que tiene una terraza casi igual de grande al espacio interior. Pero esta barrida fue muy diferente a todas las anteriores.


En mi terraza me he dedicado a experimentar sembrando plantas aromáticas, especies del bosque alto andino como el siete cueros y el mano de oso, también tengo suculentas y hasta un árbol de feijoa que en tres años me ha dado dos pequeñas frutas, muy dulces por cierto.


Mi jardín es un pequeño ecosistema donde poco a poco se han consolidado diferentes relaciones con el entorno bogotano: llegan colibríes cuando tengo un par de árboles florecidos, las babosas proliferan cuando las fresas están en cosecha, los copetones y las palomas se acercan (y se quedan) para deleitarse con diferentes ingredientes de su dieta diaria. Este pequeño ecosistema se ha vuelto resiliente al clima extremo bogotano y ha soportado tanto sequías como granizadas. Tiene heridas de combate pero sigue la lucha, día tras día.


Llegué a la casa después de un día de reuniones, con la cabeza saturada y como lo hago con frecuencia y a veces sin darme cuenta, me invento algo que hacer en la terraza para relajarme. Barrí las hojas secas y el polvo desprevenidamente, cuando llegué a la mitad de la terraza, vi un pajarito tieso y muerto sobre el piso.


Me costó mucho trabajo entender lo que estaba viendo y quedé en shock, dejé de barrer por unos minutos. ¿Cómo en medio de esta ciudad enorme, con muchos kilómetros cuadrados de cemento, un pájaro escogió mi terraza como su lecho de muerte?

Pensé que quizás se había estrellado contra la ventana, pero no, estaba lejos de ella. Seguí barriendo la terraza y quité todo el polvo y las hojas secas, pero el pajarito quedó tendido en el mismo lugar en el que lo vi. Luego de limpiar la terraza me acerqué de nuevo al cadáver, no lo reconocía. No era un copetón, tampoco una mirla, ni un colibrí.


Tampoco paloma. Son los que más se ven en Bogotá.


Quedé más intrigada y entonces le tomé una foto al pajarito, sin moverlo un milímetro. Tenía alas color verde oliva con un poquito de amarillo, el pecho blanco, un pico corto y puntudo. Era hermoso y era la primera vez que lo veía en Bogotá y en la vida. Recientemente me invitaron a ser parte de un grupo en redes sociales que se especializa en la biodiversidad en Bogotá, había leído muchas conversaciones sobre hongos, plantas y zorritos bogotanos, pero no había participado activamente en él, hasta este acontecimiento.




En cuestión de segundos me ayudaron a identificar la especie, se trata de un Vireo Olivaceus, o verderón ojirrojo, es un pajarito que migra desde Canadá o Estados Unidos cuando allá es invierno y viaja hasta estas latitudes, a buscar comida. El pajarito que estaba en mi terraza era un héroe, había recorrido más kilómetros volando que yo sumando todos los kilómetros que he corrido en la vida con la energía de mi cuerpo (en bici y a pie).

No tenía rastro de haber sido maltratado, tampoco tenía malformaciones, nada, estaba intacto y con los ojos cerrados. No pude salvarlo, justo esos días no le había puesto comida a los pájaros, tampoco tenía agua. Pensé que quizás lo hubiera podido salvar con esos víveres, pero ya era muy tarde.


A partir de este incidente, supe por una amiga que en octubre BluRadio había lanzado un SOS por la llegada de aves migratorias en Bogota que se desviaron de su ruta, posiblemente por los huracanes del Caribe. El llamado era para que los ciudadanos estuvieran pendientes de pajaritos heridos para recuperarlos. A mi no me dio tiempo de ayudarle así que este verderón no alcanzó a retornar a su lugar de origen.


Resulta que Bogotá no sólo recibe especies de aves migratorias. En esta ciudad de más de 9 millones de habitantes se han registrado 200 especies de aves en la ciudad, muchas de ellas en peligro ya que su hábitat está amenazado por el cambio climático y las transformaciones humanas. El cambio en el clima modifica las época de floración y de fructificación de las plantas, convirtiendo la disponibilidad del menú en un azar. La ciencia aún no sabe con certeza cómo se adaptarán las aves y las plantas al cambio climático, muchos sobrevivirán, otros no lograrán dar la pelea.


Luego de contar esta triste historia, quiero rescatar dos descubrimientos: 1) tenemos un margen de acción como ciudadanos: nuestros jardines, terrazas y balcones le aportan a la biodiversidad urbana y se convierten en espacios estratégicos para la supervivencia de muchos; 2) el acceso a las redes sociales y a plataformas como www.inaturalist.org son una gran oportunidad para conocer nuestro entorno, crear ciencia y conciencia ciudadana y entender que vivimos en un sistema donde todos estamos conectados, afectándonos para bien o para mal.


Fecha original del texto: Noviembre 2017, La Silla Verde

Texto y fotos: Carolina Figueroa

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